COMETAS

Orlando H.
CPL Chimborazo N° 1

Fue una tarde muy calurosa. Fue una de esas tardes de verano al final de las vacaciones, justo cuando el sol cubría la cima de las montañas orientales de mi ciudad, con ese característico color naranja rojizo que teñía el cielo, transformándolo en un codiciado tapiz en el que podían pintarse obras de arte dignas de la envidia de Endara, Viteri o Caspicara. 

Eran finales de septiembre, y habíamos subido a las montañas arenosas detrás de mi casa con la intención de volar —por última vez— las cometas hechas de celofán y carrizo que, hasta esa tarde, fueron nuestras compañeras de juego. Eran sueños que se quedaban en el firmamento durante cada ocasión en que podíamos elevarlas con ayuda de los fuertes vientos que nos nublaban la vista, o creaban remolinos hasta bañarnos en tierra. Somos cuatro hermanos y, como parte de mi suerte, yo soy el primero. Xavier, mi hermanito más pequeño —con siete añitos en ese entonces—, nos ganó en la tarea de elevar su cometa y desplazarla sobre el espacio que nos brindaba aquella montaña en la que, cuando venían mis primos de la capital, jugábamos a los camiones y carreteras; a los vaqueros e indios; o a Tarzán —jueguito último en el que yo siempre fui el rey de los monos—. 

Mis otros dos hermanos —Mauricio y Henry— lograron también aprovechar los vientos para subir sus juguetes voladores hasta el cielo. Me limité a ayudarlos y a mirar su alegría mientras las cometas, moviendo sus rabos hechos de telas viejas y sujetos a un ovillo de hilo en su mástil, no dejaban de balancearse y darse vueltas como si fuesen pájaros. Pasaron unos diez minutos cuando decidí, también, iniciar el rito de correr con mi cometa para que ese viento, que había sido tan bondadoso con mis hermanos, lo fuese también conmigo. Miraba de reojo como a mi espalda el armatoste de celofán ganaba altura y me exigía, cada vez, más y más hilo para alejarse y querer estar más cerca de ese inmenso sol que nos quemaba. 

Felices, miramos por casi dos horas la elegancia de nuestros juguetes sosteniéndose en el aire, como diciéndonos el poder que tenían, haciéndonos notar que eran ellas las que mandaban y no nosotros. La tarde llegaba a su último aliento y las pinturas rojizas sobre el oriente empezaban a tornarse en violeta. En una distracción, se rompió el hilo que sostenía mi arte hecho de carrizos que, desafiante, surcaba el aire. Traté de rescatarla, pero fue en vano; la vi alejarse mientras perdía altura en la lejanía, mientras el suelo caluroso y polvoriento detrás de los cerramientos de las casas vecinas la esperaba, seguramente a unos cientos de metros de donde yo estaba, para ser devorada por los perros guardianes de los vecinos. Miré los rostros asombrados de mis hermanos, mientras ellos me veían también y una rara idea recorrió los límites de mi locura para dejar escapar una sonrisa maléfica que los puso en alerta para, luego y casi de inmediato, empezar a recorrer el hilo en sus ovillos, para rescatar sus juguetes de mis declaradas malas intenciones. 

Miré la cara de mi hermanito menor, y la desesperación por recoger su cometita fue evidente. No podía echar a rodar mi carcomida idea de hacer tiro al blanco con los juguetes de mis hermanos; no podía dañar aquella última tarde de vacaciones. Que se haya estrellado la mía contra el planeta, no justificaba que mi malvada intención me devolviera la diversión que perdí cuando se rompió el hilo de mi cometa. Me senté entonces en una parte de la cima donde habíamos llegado horas antes y, junto a una piedra, observé las acciones de aquellos niños que, luego cuando mayores, cuidaron de mí cuando por esos azares del destino tuve que vivir varios años encerrado en la prisión. Esos niños son ahora hombres fuertes y llevan a cuestas la responsabilidad de mantener a su familia y cuidar de un buen país; mas yo, siempre que los miro, los reconozco como aquellos muchachitos que volaban cometas, que amo, y que eran mi responsabilidad cuando mis padres no estaban; mientras yo, cuando regresábamos de aquella montaña, esperaba otro año para que mis padres me vuelvan a comprar la cometa que perdí, para otra vez volar. 

Deja un comentario