ERIKA L., MADRE Y TRABAJADORA, 34 AÑOS

“Estoy trabajando desde hace siete años y medio, cuando obtuve el beneficio de la prelibertad. Trabajo cuidando niños, en el mismo sector donde vivo. Estuve detenida desde 2008 en el Centro de Detención Provisional El Inca y fui trasladada a Latacunga (Cotopaxi N° 1), donde estuve ocho años y dos meses. En mayo de este año terminaré mi sentencia.

Al principio fue difícil volver a adaptarme. Tenía dieciocho años cuando ingresé a El Inca y, cuando salí, encontré las cosas muy diferentes: el mismo hecho de pasar tanto tiempo en soledad te cambia, hasta la familia cambia. Estuve embarazada de dos meses cuando entré a El Inca. A mi hijo lo tuve ahí, pero a los seis meses de nacido, por las circunstancias, tuve que mandarlo con mis padres. Luego, cuando salí fue muy difícil porque me encontré con un niño de ocho años que tuvo que adaptarse a mí como madre, y al que yo no conocía al cien por ciento, porque, por la situación económica y una discapacidad que mi mamá tiene, no podía ir siempre a las visitas, sino que iba, más o menos, una vez cada mes.

En el centro teníamos cursos, talleres, actividades laborales… Las personas que querían tener una verdadera rehabilitación la tenían. Pero también había el otro lado: los que se tiraban al abandono y solo esperaban cumplir su sentencia. Yo estuve en el área educativa, en deportes, en todos los cursos que pude: computación, belleza… Todo me sirvió, porque de cada uno aprendí algo y pude mantenerme ocupada. Como parte del área laboral, colaboraba en el doblado y empacado de gasas quirúrgicas. Eso me ayudaba en algo para sobrellevar mi situación económica.

Cuando salí, trabajé en una panadería. Luego, me dediqué a criar chanchos. También, en la época de la pandemia, vendíamos encebollados con mi hermana. Finalmente, un tío me dio la oportunidad de trabajar cuidando niños, que es a lo que me dedico ahora, pues hay mucha discriminación y, para una persona que ha estado privada de libertad, no es fácil encontrar trabajo. He tratado de hacer lo mejor, de trabajar y cumplir mis sueños. Tengo, desde hace catorce años, una pareja que ha estado conmigo en los momentos más duros. El sueño de mi hijo es ser militar y yo espero seguir trabajando fuerte para apoyarlo. Me gustaría también tener mi casita propia (porque ahora vivo con mis padres) y ponerme un negocio: si Dios bendice, una panadería».

Deja un comentario