«Soy de la provincia de Bolívar, pero vivo en Quito. Soy maestro pintor y también hago acabados de construcción. Estuve privado de libertad durante seis años y nueve meses, en Latacunga (Centro de Privación de Libertad Cotopaxi N° 1), antes de acceder al régimen semiabierto, para el que cumplí el 85 % de mi pena. Mi proceso de rehabilitación fue bien duro, por lo que a uno le toca vivir: la violencia, los amotinamientos, a veces frío, hambre, no poder ver a la familia. Sin embargo, también aprendí muchas cosas buenas que hoy valoro.
Estuve privado de libertad porque agredí a mi mujer, por celos, en un baile organizado como parte de un hornado solidario. Estaba borracho y perdí la cabeza. Antes tomaba bastante, me gustaba apostar, era vicioso del deporte: jugaba ecuavóley y algunas veces perdía lo que había ganado en la semana. Mi temperamento también era bien fuerte, era orgulloso, grosero… Gracias a Dios, ya no tomo y he podido cambiar de mentalidad.
Desde que ingresé, mi vida se vino abajo: no tenía a nadie, no tenía amigos, y me puse a buscar a Dios. Me uní a un grupo religioso y Dios me fue transformando poco a poco. Conocí a mi hermano Alexander C., que no es mi hermano de sangre, pero es mi hermano espiritual. Con él hemos compartido y nos hemos apoyado en todo. Otras personas pudieron ver cómo mi vida fue cambiando —mi comportamiento, mi forma de hablar—y se iban acercando. Estuve a cargo de la iglesia en el pabellón donde vivía, en mediana seguridad, y pude capacitar, mediante la palabra, a muchas personas.
Participé también en varios talleres de emprendimiento: aprendí a hacer jarrones, cofres de madera, bonsáis y flores con papel crepé. Hacíamos deporte. Eso me ayudaba bastante. En el área de psicología había una actividad en la que nos hacían cerrar los ojos y pensar en la familia. Así nos enseñaban valores: a quererse a uno mismo, a valorar a la familia, a respetarlos, a amarlos, muchas cosas así.
Mi pareja no quería saber nada de mí y, allá, adentro, yo le pedía a Dios, en ayuno y con oración, que mi pareja me perdone, aunque ya no quiera estar conmigo. Un día fue a visitarme y me perdonó. Cada vez que podía me iba a visitar con mis hijas. Mi padre, bueno…, era violento. Yo crecí en esa violencia, pero he podido cambiar. También le pedí perdón a mis hijas y me perdonaron. Dios me perdonó, por lo cual vivo agradecido».

