CARTA PARA ROCÍO

Anónimo
CPL Esmeraldas N° 1

Fernando nació en un cantón llamado El Guabo. Él era el séptimo hijo entre diez hermanos de una familia humilde. Al crecer, fue mostrando su peculiar forma de ser, de pensar, de actuar. La madre lo entendía y lo aceptaba. De todos sus hijos, era quien más ayudaba en las tareas domésticas. En cambio, al padre no le gustaba que su hijo fuese afeminado, ni que se quedara en casa (haciendo cosas de mujeres, decía él). Por ello, lo obligaba a trabajar en tareas de mucho esfuerzo físico, para que aprenda a ser «un hombre» (según sus estereotipos de género).

Pasaban los días y el padre era mucho más duro, pues cada vez eran mayores el trabajo forzado, las humillaciones, los desprecios. Todo hasta que no pudo soportar más la discriminación, el maltrato y el trabajo extenuante, y decidió marcharse de casa de sus padres con mucho dolor y pena porque adoraba a su madre. Sin embargo, por temor a la reacción de su padre, se fue sin despedirse de nadie cuando apenas tenía 17 años de edad.

Migró a la capital quiteña y aprendió a hacer cortes de cabello, arreglos de uñas y otras artes de la peluquería, actividad en la que se volvió experto con el pasar de los años. Así, tuvo una buena clientela en su negocio propio y progresó muchísimo económicamente. Sin embargo, siempre que trabajaba en su peluquería no dejaba de pensar en su madre, pues había decidido no regresar a su pueblo a ver a su familia por todo lo que la falta de aceptación a sus inclinaciones sexuales le habían hecho padecer.

Cuando Rocío (antes Fernando) había cumplido los 56 años de edad, llegó a enterarse que su familia lo estaba buscando por medio de un muy conocido programa de televisión. Fue publicado como hijo desaparecido o persona extraviada. Se puso en contacto con los productores del programa y ellos organizaron el reencuentro entre el padre y el hijo en un emotivo programa de televisión, donde el padre le pidió perdón al hijo por todo lo que le había hecho y le suplicó que volviera a casa, porque su madre estaba muy enferma y temía que falleciera sin ver de nuevo a su hijo. Él aceptó regresar a casa para ver a su madre, pues ella siempre había culpado al padre por la desaparición de su hijo.

Rocío no solo que visitó su viejo pueblo y su familia, sino que también decidió dejar su negocio, su pareja, sus actividades cotidianas para dedicarse al cuidado de la salud de su madre, la cual se recuperó al poco tiempo gracias a las atenciones de su hijo, pues él tenía solvencia económica para ofrecerle atención médica especializada de alto nivel (de hecho, de no haber sido operada hubiera fallecido de inmediato y su familia no contaba con los medios para que ella pudiera ser asistida con todos los requerimientos médicos necesarios).

Una de las cosas que más le dolieron a Rocío por el sacrificio que realizó para salvar la vida de su madre, fue pagar el precio de perder su relación con su pareja, pues llevaban juntos más de 20 años. Le rogó muchas veces que lo espere un tiempo más, le dijo que ya regresaría, pero no lo esperó mucho y buscó otra pareja más joven, con la que disfrutó los bienes y riqueza que le había dado Rocío.

Con el corazón destrozado por haber perdido su relación amorosa, decidió quedarse a vivir con su mamá hasta que Dios lo permitiera. Su padre se mostró más respetuoso hacia él, pero al poco tiempo de encontrarlo falleció. Sus hermanos solo se aprovechaban de su posición económica y acudían a él cuando querían pedirle dinero y ayuda financiera. El resto del tiempo lo discriminaban y lo trataban mal: se avergonzaban de tener un hermano LGBTI.

El estado depresivo de Rocío empeoró su problema de diabetes. La mala circulación de la sangre produjo que le amputaran una pierna. Después se quedó ciego y, en un tiempo no muy largo, falleció. Nunca se recuperó de su ruptura amorosa. La madre, con mucho dolor, tuvo que sepultar al hijo que más amaba, que lo había dado todo por ella, aunque deseaba en su corazón que hubiera sido él quien la sepultara y no al revés. Prefirió, en el silencio de su corazón, que quizás nunca lo hubieran encontrado. Así, él hubiera seguido con su vida glamorosa en la capital y feliz al lado de su pareja que tanto amaba. Se sintió culpable de que su hijo diera su vida por ella.

Mientras sus hermanos y su expareja se disputaban las propiedades, bienes y otros beneficios y prestaciones que dejó Rocío, su madre resultó la única heredera de todos sus bienes en un testamento que dejó Roció. Ella decidió honrar la memoria de su hijo, donando una buena parte para la creación de una fundación que trabaja para eliminar la discriminación sexual, para que otros jóvenes no tengan que padecer lo que vivió con su hijo.

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