Luis Orlando Ch.
CPL Chimborazo N° 1
En el campo vivía una chica hermosa que salía a pastorear muchas ovejas. Un día llegó un joven apuesto, se dirigió a ella y dijo: “¡Pastorcita!, ¿por qué tan sola? ¿Podemos jugar?”. Y la cholita le contestó: “¡No, no puedo! Estoy tejiendo. Si tú quieres, espérame”. El joven respondió: “¡te espera el cóndor con figura de hombre!”. Era el mismo que miraba todos los días desde las alturas.
La cholita después de un largo rato terminó de tejer y se puso a jugar con ese hombre tan simpático. El hombre se puso muy contento porque la pastorcita estaba cayendo en la trampa y le propuso jugar a correr para ver quien avanza una mayor distancia. Así, él se iba ganando poco a poco su confianza. Finalmente, la pastorcita aceptó, se subió a la espalda del hombre y pasaron jugando largo rato, pero el hombre no tenía buenas intenciones porque verdaderamente lo que perseguía era llevarse a la hermosa pastora y casarse con ella para retenerla por siempre en el páramo.
Un rato inesperado, el hombre comenzó a correr, a correr y ¡se convirtió en cóndor! Emprendió el vuelo hacia las peñas más altas donde tenía su cueva, se la llevó y consiguió su objetivo. Al paso de algunos días, la cholita empezó a extrañar su vida normal junto a los seres humanos y el cóndor pretendía chantajearla a nombre del amor que ella le tenía. Un día ella ya no pudo más y dejó de comer. Sólo quería volver a su vida anterior rodeada de su familia. El cóndor, al ver tanta tristeza en su amada, sacrificó su felicidad por la felicidad de ella y la devolvió a su casa en el campo: se despidieron con mucho dolor.
Desde aquel día, el majestuoso cóndor andino ocasionalmente desciende y vuela sobre el pueblo de la cholita, la observa pastoreando y se aleja sabiendo que ella está feliz.


