Entrevista a Miguel Ángel P.
CPL Manabí N° 4
Miguel Ángel P. tiene treinta y ocho años, es guayaquileño y toca el piano. Cuenta con un diploma de Concertista con mención en Enseñanza Musical, otorgado por uno de los conservatorios de Guayaquil, y otro que lo acredita como Ingeniero en Gestión Empresarial, obtenido en la misma ciudad. Miguel Ángel P. es padre de una niña de once años, fue profesor y, pese a estar privado de libertad desde 2017, persiste en su gusto por la música, el teatro, la poesía…
La cultura, sin embargo, es mucho más que eso y Miguel Ángel lo entiende. De ahí que no ha perdido la oportunidad de participar en los ejes de tratamiento educativo y cultural que se ofrecen, como parte del proceso de rehabilitación social, en el Centro de Privación de Libertad Manabí N° 4, también conocido como El Rodeo.
Miguel Ángel cuenta además que, antes de estar privado de libertad, no conocía Manabí y que nunca ha estado en la Amazonía, pero que ha aprendido sobre esos (y otros tantos) lugares y culturas mediante la convivencia con sus compañeros ecuatorianos y extranjeros.
Es la tarde de un jueves 25 de julio. Del otro lado de la pantalla, Miguel Ángel P. luce un uniforme de color naranja, como el que describe en uno de sus poemas.
¿A qué se dedicaba antes de estar en este centro?
Era docente en una unidad particular en Guayaquil. Enseñaba Computación y Música. Hace dos años fui trasladado desde la Penitenciaria del Litoral (Centro de Privación de Libertad Guayas N° 1) hasta acá (Centro de Privación de Libertad Manabí N° 4). Apenas llegué tuve la oportunidad de participar en el eje de tratamiento cultural. Como soy bastante apegado a las artes, me permitieron participar en un grupo de teatro. Ahí conocí a personas afrodescendientes, indígenas y mestizos. Fui aprendiendo de cada uno. Luego formé parte de un grupo de música, y eso me permitió ir conociendo más sobre Manabí.
¿No conocía la música tradicional de Manabí?
Yo estudié música, pero lo mío era, más bien, la música clásica, pues eso fue en lo que me preparé en un conservatorio de Guayaquil. Es decir, yo no soy muy apegado a la cumbia o a la “chicha”, que aquí se escucha bastante. Acá les gusta mucho, por ejemplo, una canción que se llama ‘Cumbia chonera’. El grupo musical con el que toco se llama La Rumba. Con ellos fui aprendiendo cumbia y otros ritmos. También he participado en el eje educativo. Allí hay muchachos de todos los pabellones cursando la escuela, el colegio, la universidad. Tengo que decir también que, aunque no he participado en los ejes laboral y deportivo, he visto que ahí se organizan actividades excelentes y que involucran a mucha gente. Ahora estamos esperando a que, luego de la intervención militar (en los centros de privación de libertad, debido a la crisis de seguridad nacional), las cosas se regularicen para volver a tomar ritmo.
¿Recuerda, de manera especial, alguna obra en la que ha participado?
Recuerdo una obra de teatro que se llamó Cambio de roles. La hicimos por el Día Internacional de la Mujer. Muy a breves rasgos, trata sobre una pareja que tiene dos hijos. Al principio se muestra todo lo que la mujer “tiene que hacer” en el hogar, las tareas propias de su trabajo fuera de casa, y a un esposo que no la valora. Un día, mágicamente, el esposo se levanta en el cuerpo de la mujer y, como le toca hacer todo lo que ella hace, se arrepiente y empieza a valorar todo su esfuerzo. En el tercer día, cada uno vuelve a su cuerpo y el esposo le agradece por todo lo que hace ella por él y la familia.
¿Usted toca el piano en La Rumba?
Así es, yo soy el pianista del grupo. Por mis conocimientos de música, cuando llegué me preguntaron qué tocaba y les dije que el piano. Como le digo, yo venía de la música clásica, de mucho rock latino y cosas así, pero, cuando llegué, me dijeron: “aquí nos gusta la cumbia”. Y en eso estamos hasta ahora. Tenemos los instrumentos necesarios para hacerlo. No son los mejores instrumentos, es cierto, pero el ánimo y la voluntad que le ponemos hacen que las cosas nos salgan bien.
¿Tocan solo cumbia?
Tocamos bastante cumbia, bastante “chicha”, y, bueno, de repente también salsa o merengue.

Pero el merengue y la salsa, sobre todo, tienen su complejidad…
Claro. En la salsa y el merengue la base musical, que hace el piano, se llama montuno y no es fácil, pues si se pierde el ritmo se hace perder el ritmo al resto de la orquesta. El bajista es la persona de mayor edad en el grupo y el que nos dirige. Es una persona con bastante conocimiento musical.
Además de las actividades sobre las que hemos hablado, ¿recuerda alguna dinámica o eje en el que se promueva el respeto a la diversidad cultural?
Sí, claro. En el eje educativo se hacen charlas en las que el tema principal es aceptarnos y respetar las diferencias. Otra cosa que se ha hecho es darle la oportunidad de enseñar un idioma extranjero a un privado de libertad. Se trataba de un alemán que, además de su idioma natal, hablaba inglés y se puso a enseñar a otros compañeros. Eso fue importante porque le hacían sentir útil y los demás también aprendían. Fui un par de veces a ayudarle, ya que tengo un poco de conocimiento de inglés y él no entendía muy bien algunas cosas en español. Ahora, si usted conversa con él, se va a dar cuenta de cómo ha aprendido nuestro idioma y de que, gracias a eso, ha logrado adaptarse.
¿Cómo es la convivencia con personas de diferentes lugares y culturas en un centro de privación de libertad?
Acá, efectivamente, usted encuentra afroecuatorianos, indígenas, mestizos y también gente extranjera, gente de muchas culturas. La mayoría somos mestizos, pero también hay afrodescendientes y un grupo significativo de gente de la Amazonía. Tengo un compañero que es de allá y me ha hablado mucho sobre su tierra, sobre su gastronomía, sobre el agua de guayusa, sobre el maito (pescado envuelto en hoja de bijao), sobre Misahuallí (puerto fluvial en la provincia del Napo) y sobre un zoológico que se llama El Arca, en Archidona. También sobre cómo es la gente allá. Yo no conozco la Amazonía, pero créame que, por todo lo que él me ha contado, cuando salga me encantaría conocerla.
¿Sobre qué otra cultura ha aprendido?
Bueno, como le dije, yo soy guayaquileño y la verdad es que, antes de estar privado de libertad, nunca había estado en Manabí. La gente de acá se enorgullece mucho de su rica gastronomía hecha con maní, de sus playas, de Crucita, Los Frailes… Uno va aprendiendo esas cosas a través de los compañeros. Con las personas indígenas hasta ahora no he tenido tanto contacto, pero en algún momento espero tener mucha más relación y aprender también de ellos. Con respecto a los extranjeros, en la etapa de mínima seguridad, que es donde estoy, hay varios alemanes y he podido comunicarme con ellos. He podido hacer, hasta cierto punto, de su interlocutor o intermediario, más que nada en cuanto a sus necesidades.
Aquí conocí también un sirio que practica el islam: está en la etapa de mediana seguridad. Estuvimos conversando por un corto tiempo. Él me contaba sobre su religión y su cultura. A diferencia de los “guayacos”, que somos muy extrovertidos, muy de hablar o de parloteo, para él las cosas son más ceremoniosas, más estrictas, incluso hasta en su forma de hablar se nota que es más pausado y que tiene mucho respeto por sus creencias religiosas. Mire, por ejemplo, en la comida: su religión les impide comer cerdo y, en ocasiones, yo he visto que, teniendo solo eso que comer, no lo hace. Es decir, pone por encima sus creencias y su cultura que el hambre que pueda tener. Además, respeta mucho a sus figuras paterna y materna y es bastante introvertido.
Aparte de ellos, los grupos de extranjeros más numerosos que hay son los de personas colombianas o venezolanas. También conozco a un francés que está en mediana seguridad.
¿Aquellas diferencias culturales, así como enriquecen, también pueden crear distancias o conflictos en un centro de privación de libertad?
Efectivamente, pues, si muchas veces en la sociedad hay gente que no respeta o se incomoda con el pensamiento o la forma de ser de otros, imagínese lo que pasa en un lugar que es más cerrado, en una celda o en “cuartos”, como yo les digo, en los que hay dos o tres personas con valores o costumbres diferentes. Las diferencias pueden complicar un poco la convivencia, pero lo más importante siempre será el respeto a las creencias y las formas de vivir y pensar del otro. Y eso se refleja muchas veces hasta en cosas cotidianas o domésticas, en situaciones en las que hay que llegar a un consenso, lo cual es difícil, pero no imposible.
¿Por ejemplo?
Una vez conocí, por ejemplo, a dos personas que debían compartir un mismo espacio en este centro. Uno de ellos era afrodescendiente y el otro era del Guayas, y tenían muchos problemas porque el del Guayas decía que el otro era muy bullicioso, incluso cuando le tocaba hacer la limpieza. Cuando al compañero afrodescendiente le tocaba hacer el aseo de la celda, cantaba, pero lo hacía a todo pulmón… Le gustaba cantar salsa o cualquier otra cosa que le hiciera feliz en ese momento, y al otro eso le molestaba. En más de una ocasión, escuché que discutían por eso. El uno decía: “no hagas bulla”, y el otro le respondía: “pero si no estoy haciendo nada malo, estoy cantando”, y por ahí a veces podían tener un encontrón.
Usted estuvo en el Centro de Privación de Libertad Guayas N° 1 y, desde hace dos años, en El Rodeo. ¿Ha notado alguna diferencia importante, en términos de convivencia, entre ambos centros?
Bueno, déjeme decirle que en la Penitenciaría del Litoral (Centro de Privación de Libertad Guayas N° 1) esto del buen vivir es un poco más complicado. Cuando uno llega a un centro de privación de libertad, se pega generalmente a las personas con las que más cosas tiene en común, eso es normal. No obstante, aquí, en El Rodeo, la gente lo hace sentir parte del lugar, uno se siente dentro de un mismo ambiente y, pues, se va adaptando. En la Penitenciaría eso es un poco más complicado, por todo: los pabellones son completamente diferentes y están separados, la infraestructura, etcétera. Aquí, además, si bien estamos separados por etapas (mínima, mediana y máxima seguridad), la escuela, el colegio o los talleres… son lugares a donde va todo el mundo. Ahí nos reunimos personas de todas las etapas y, de esa manera, es más fácil socializar, aceptar y aprender de los demás.
Casi no hemos hablado de su vida antes de estar privado de libertad. ¿Ha pensado en algún proyecto personal o profesional para cuando salga?
Le puedo contar que tengo una nena de once años. Vengo de una familia que no era ni muy pobre ni muy pudiente, pero, con el esfuerzo de mis padres, pude estudiar y eso me permitió ser profesional: me gradué como Concertista de Piano con mención en Enseñanza Musical y, además, soy Ingeniero en Gestión Empresarial. Antes de lo que estoy pasando ahora, trabajaba como docente, estaba estudiando una licenciatura e iniciando una pequeña fundación para ayudar a niños y adultos mayores. De hecho, aunque yo estoy aquí, la fundación se mantiene. En noviembre cumpliré siete años privado de libertad y, si Dios quiere y todo sale bien, a finales de 2025 cumpliré también el sesenta por ciento de mi pena… Así que, bueno, lo que deseo son dos cosas: seguir con la fundación y recuperar lo que más se pueda el tiempo con mi hija. Me gustaría eso y ayudar a mi mamá. Ella ha sido mi fortaleza durante este tiempo. Quisiera también formar un hogar, tener una vida, hacer una familia.
¿Algún mensaje adicional para la sociedad o los lectores de esta revista?
Bueno, sí… En uno de los talleres que hicimos escribí un poema y me gustaría leerlo, se llama “Hermanos color naranja”…
Lo leí cuando hicimos la curaduría de textos, no sabía que era suyo. De hecho, teníamos planificado publicarlo en este número (ver página 11).


