Darwin R.
CPL Chimborazo N° 1
Crecí en una familia humilde con muchas costumbres y tradiciones heredadas de mis abuelos. A mi madre, le encantaba la cocina y preparaba comida típica de mi tierra, como el famoso bollo de pescado con harto maní, acompañado de arroz, patacones y ensalada con aguacate: una delicia para el paladar. También hacía el delicioso ceviche o el bolón de verde con queso y chicharrones (acompañado de una taza de café pasado).
Recuerdo con añoranza las reuniones familiares cuando se preparaban las humitas con queso, donde los varones de la casa ayudaban a moler el choclo: hombres trabajadores acompañados de sus hogareñas y hermosas mujeres. Este acto de compartir durante la preparación de la comida fomentó la alegría por la vida cuando éramos niños: crecimos felices, jugando fútbol, luego de hacer las tareas escolares y las del hogar. También jugábamos con las canicas, los trompos y las famosas tazas (algo similar a las escondidas, las cogidas y las quemadas).
Recuerdo la vestimenta de mi gente. Era muy particular: estaba siempre presente el sombrero de paja toquilla, la singular camisa de tela y el pantalón sujeto por el cinturón que resaltaba entre las prendas de vestir. Era un lujo llevar zapatos de cuero. Así son los montubios: humildes, trabajadores y solidarios, ya que no permitían que a alguien le falte un plato de comida (siempre entregado con amor y no como caridad). En la casa de un buen montubio, no podía faltar la nutritiva yuca, el plátano verde y la sal prieta.
Viene a mi mente la admiración a nuestros adultos, quienes trabajaban en la agricultura haciendo con sus manos fuertes que la madre tierra produzca lo que necesitábamos para una buena alimentación.
Entre las actividades de recreación durante las fiestas de mi pueblo estaba la doma de caballos, el famoso rodeo montubio y las cabalgatas que son costumbres propias de mi tierra. Veía desfilar caballos domesticados de varios colores y diferentes razas; luego venían los concursos de canto, en los que destacaba el pasillo ecuatoriano. Los participantes, para perder los nervios en el escenario, bebían un traguito de pata de caña, preparado por los “manabas” en sus trapiches caseros. En fin, este relato ha reforzado el amor a mi familia, a mi pueblo, a mi tierra, a la que no cambiaría por nada en el mundo.

CPL Chimborazo N° 1.
Lo mío, lo nuestro.

