Miguel Ángel Q.
CPL Chimborazo N° 1
Vuelven con el cansancio a cuestas
la frente sudorosa, jadeantes
indivisibles tras la niebla
entre acantilados.
Corren como el agua
son como jirones del aire
como los sueños y la alegría.
Su canto ha salpicado las chilcas
se ha mecido en el laúd de los trigales
en las amapolas, en los pencos florecientes.
Revolotean en quenas, tambores y silbidos…
Bufandas de sol y amanecer aprietan
las ansias del pajonal y la quebrada…
Y son los mismos de ayer, de hoy, de todos los días.
De esos hombres de maíz,
indómitos señores de el Ande y el equinoccio,
vigías de la majestuosidad de los cerros,
de la imponente, mágica, divina
blancura de los nevados.
De las sementeras, de los lirios
del rebaño y de la luna hecha mujer.
Símbolos de reciedumbre y ternura,
hermanos de la flor y las espigas.
Cantores de melodías profanas, distantes
infinitas, diáfanas, etéreas.
Vibran de ensueños y desafíos,
entrelazan ayes, anhelos, desvaríos
dejando, en cada surco de las hondonadas,
ilusiones vivas, esperanzas ciertas.
Ponchos rojos… crisol de la América profunda.
Un claro horizonte de oro y cristal
fecunda voces de redención inconclusa.
Surgen de entre ruinas, escombros, cenizas
de sangre inocente salpicada en las piedras
de caminos polvorientos que esconden huidas
cómplices de enojos, lozanas bravuras.
Sí… hay una historia ensangrentada y oculta
que aún no reivindica el fragor de su ira.
Pléyade gallarda aprisionando auroras
tempestades, huracanes, manantiales,
tejiendo madrugadas, canciones, efluvios de paz
para mirar al mundo diverso, extraño, lejano,
sentados en la vera del páramo y el cielo
avivando fogatas volcánicas cada medio día.
Ponchos rojos… rasgos y encantos púrpuras.
Atardeceres emulan esa silueta cromática
de chukirawa, cacto, malva, achupallas.
De parajes y estancias, de cóndores señoriales,
de trinar de gorriones, de bandadas de golondrinas
de pájaros cantores y aletear de mariposas
de nubes que abrazan la paja y el pasto
y esconden endechas dispersas en el viento.
Generaciones y siglos renovaron su estirpe.
Himnos, salmos, versos, coplas y ritmos
recogieron la cadencia de sus alegrías y penas
se fraguaron en plegarias, yaravíes, tonadas.
Y, desde siempre, en mingas, campiñas y tambos
colibríes, jilgueros, mirlos, tórtolas y gavilanes
con sinfónico aliento en lo blondo de la serranía
reviven la eterna epopeya andina en sus sueños
del ir y venir por todos los puntos de la cordillera
sembrando las mieses de un mañana distinto.
Ponchos rojos… guardianes de amor y bondad.
¿En cuántas flores silvestres se escondieron nostalgias?
Disfrazando emociones, tarareando quimeras
del azabache distraído de ñustas, ninfas, hadas,
de vírgenes desafiando sacrificios a la Pachamama.
Domadores de encantos, en avalancha y celo,
con vehemencia en venados, llamas y unicornios.
Con ímpetu dantesco, con furia de titanes
rompiendo lejanías, escondiendo purumpachas
abrazan, adoran: su mujer, su choza, su vida…

